Cuando el taxi se detuvo, sufrí un ataque de pánico. Estaba a
punto de perder mi trabajo por mis constantes demoras, y el llegar tarde este día tan importante sería el
boleto directo a mi despido, pues el presidente general de la compañía vendría
a inspeccionar las oficinas. El taxista se bajó a toda prisa del vehículo
mientras que del interior del capó escapaban grandes nubes grises, lo abrió y se alejó unos centímetros para
verificar a cierta distancia la situación en la que nos encontrábamos. De repente, de un momento a otro el motor estalló; las
llamas lo bañaban y se esparcían rápidamente por el resto de la maquinaria
delantera mientras de manera casi simultánea me bajaba a toda prisa del
vehículo.
“Este es mi fin”, dije una
y otra vez, al mismo tiempo que corría en círculos alrededor de una papelera
pública. Conté unas 12 vueltas antes de que el taxista, por fin, intentase
calmarme, y no lo logró, aunque al menos dejé de circunvalar el basurero y me
arrojé al suelo en posición fetal balanceándome hacia delante y hacia atrás una
y otra vez. Tardé más de cinco minutos en recuperar la compostura, en los
cuales se me habían acumulado decenas de personas alrededor observando el show que
estaba montando en la calle, como si yo fuese un animal de circo. La gente reía
y se susurraba cosas entre sí, pero nadie se dignaba a ayudarme. Así es la
sociedad venezolana del siglo XXI.
Concentrado nuevamente en el motivo de mi estrés, recordé que iba a perder mi trabajo
definitivamente y eso no podía suceder, pues hice un pacto con mi desdichada
madre de no perderlo, ya que debía dar mi aporte al hogar. Pero más allá del
compromiso con mi progenitora, me daba mayor rabia el hecho de que mis amigos
tuviesen razón, que yo no sirvo para trabajar, no sirvo para nada, y que no iba
a durar ni un mes en mi primer, y quizá último trabajo.
Me puse de pie lentamente, mientras al otro lado de la acera los
bomberos metropolitanos aplacaban el fuego de aquel taxi que había condenado mi
destino laboral. Me sacudí el polvo urbano de mi saco, me acomodé la corbata, y
por primera vez, desde el incidente, observé mi entorno con verdadera atención.
Ante mí se alzaba la Torre Este
del Parque Central. Me quedé paralizado un instante y me dispuse a ingresar al
recinto. Entré en la oficina sigilosamente y me dirigí directo a mi escritorio.
Ni siquiera me dio tiempo de sentarme para cuando mi jefe se hallaba ante mí
anunciando con firmeza: “Estás despedido”.
La noticia del despido me golpeó en la cara como un vaso de agua
helada y me hizo caer al suelo de rodillas con la cabeza entre mis manos. Aunque
lo supe desde que el taxi se averió, nunca me imaginé que sería ocasionado por
mi culpa. Estuve tan obsesionado por no llegar tarde al trabajo que me convertí
en el autor de renuncia, de mi auto-despido.
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