sábado, 1 de febrero de 2014

Mi auto-despido

Cuando el taxi se detuvo, sufrí un ataque de pánico. Estaba a punto de perder mi trabajo por mis constantes demoras, y el llegar tarde este día tan importante sería el boleto directo a mi despido, pues el presidente general de la compañía vendría a inspeccionar las oficinas. El taxista se bajó a toda prisa del vehículo mientras que del interior del capó escapaban grandes nubes grises, lo abrió y se alejó unos centímetros para verificar a cierta distancia la situación en la que nos encontrábamos. De repente, de un momento a otro el motor estalló; las llamas lo bañaban y se esparcían rápidamente por el resto de la maquinaria delantera mientras de manera casi simultánea me bajaba a toda prisa del vehículo.

 “Este es mi fin”, dije una y otra vez, al mismo tiempo que corría en círculos alrededor de una papelera pública. Conté unas 12 vueltas antes de que el taxista, por fin, intentase calmarme, y no lo logró, aunque al menos dejé de circunvalar el basurero y me arrojé al suelo en posición fetal balanceándome hacia delante y hacia atrás una y otra vez. Tardé más de cinco minutos en recuperar la compostura, en los cuales se me habían acumulado decenas de personas alrededor observando el show que estaba montando en la calle, como si yo fuese un animal de circo. La gente reía y se susurraba cosas entre sí, pero nadie se dignaba a ayudarme. Así es la sociedad venezolana del siglo XXI.

Concentrado nuevamente en el motivo de mi estrés, recordé que iba a perder mi trabajo definitivamente y eso no podía suceder, pues hice un pacto con mi desdichada madre de no perderlo, ya que debía dar mi aporte al hogar. Pero más allá del compromiso con mi progenitora, me daba mayor rabia el hecho de que mis amigos tuviesen razón, que yo no sirvo para trabajar, no sirvo para nada, y que no iba a durar ni un mes en mi primer, y quizá último trabajo.

Me puse de pie lentamente, mientras al otro lado de la acera los bomberos metropolitanos aplacaban el fuego de aquel taxi que había condenado mi destino laboral. Me sacudí el polvo urbano de mi saco, me acomodé la corbata, y por primera vez, desde el incidente, observé mi entorno con verdadera atención. Ante mí se alzaba la Torre Este del Parque Central. Me quedé paralizado un instante y me dispuse a ingresar al recinto. Entré en la oficina sigilosamente y me dirigí directo a mi escritorio. Ni siquiera me dio tiempo de sentarme para cuando mi jefe se hallaba ante mí anunciando con firmeza: “Estás despedido”.


La noticia del despido me golpeó en la cara como un vaso de agua helada y me hizo caer al suelo de rodillas con la cabeza entre mis manos. Aunque lo supe desde que el taxi se averió, nunca me imaginé que sería ocasionado por mi culpa. Estuve tan obsesionado por no llegar tarde al trabajo que me convertí en el autor de renuncia, de mi auto-despido.

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