sábado, 26 de abril de 2014

El Casanova

«Cállate y escucha», le dije al mismo tiempo que le planté uno de mis profundos y famosos besos, no me llaman el casanova por nada. Elisa relajó los hombros, me devolvió el beso, y pasados unos diez segundos se despegó de mi rostro.

-A ver –tomó una bocanada de aire- Tal vez exageré un poco, pero aun así necesito una explicación, el estreno de mi obra era importantísimo como para que me hayas dejado plantada.

La invité a sentarnos en el banco que teníamos a escasos dos metros de distancia, la miré directamente a los ojos y le susurré «Sabes que te amo, ¿no? Eres lo más preciado que tengo en mi vida», justo en ese instante sus azulados ojos se encendieron en llamas de nuevo y se levantó de su asiento de un salto.

-¿¡Me vas a explicar o no!? Estoy cansada de tu labia, de tus mentiras, te necesitaba en la noche más importante de mi vida y... –se le quebró la voz- tu asiento permaneció vacío.

«Elisa, vamos, sabes que no fue mi intención.» Acerqué mis manos a las suyas, y ella las apartó de inmediato de un manotón. «No te pongas así, cariño». Me miró como si se encontrase ante el sujeto más odiado del planeta.

-Estabas con otra, ¿no es así? –su mirada me perforaba la piel- Eres un cretino, y yo una imbécil por haber creído que yo era diferente para ti, debí suponer que esas llamadas que recibías de la oficina no eran más que un disfraz.


Me quedé frío por un instante, pues al parecer Elisa no era tan tonta como las otras, «Pero mi amor… sabes que tú eres mi favorita», ¡Ups! Creo que metí la pata con eso último, porque justo cuando pensaba que no podía sentirme más acuchillado con la mirada la furia asesina que toda mujer lleva dentro me torturaba más y más.

-Juro que te vas a arrepentir de esto –sonó tan dramática que se le notaba que era actriz- Nadie le rompe el corazón a Elisa del Carmen.

Con eso último que dijo solté una carcajada casi por acto reflejo, mala elección, pues Elisa, con los ojos inundados en lágrimas por la rabia y la impotencia que seguramente cargaba me propinó la más brutal bofetada que jamás me había dado mientras a paso firme se alejaba de mí.

Me mantuve varios segundos tratando de asimilar lo que pasó y al mismo tiempo, mientras resistía el dolor, una mezcla de tristeza y alegría me recorría por las venas mientras que me encogía de hombros y para mis adentros susurraba «bueno, por lo menos al fin podré estar con Mariana».

Por Manuel A. Rodríguez

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