martes, 7 de julio de 2015

Entrevista a Mariaryeni Gutiérrez


TENIS / Prometedora jugadora de tenis se prepara para Toronto 2015

Gutiérrez: “El entrenamiento es el que hace la diferencia”

El Ministerio del Deporte dará apoyo a los seleccionados nacionales . Más de 41 países se darán cita en Canadá. La vinotinto se encuentra entrenando para estar en su máximo potencial.

Mariaryeni Gutiérrez, jugadora profesional de tenis, con 26 años de edad y tan solo 2 años jugando a nivel profesional, no ha parado de crecer a nivel tenístico siendo actualmente la jugadora número 2 del país y 890 a nivel mundial. Ella es uno de los talentos vinotinto que representarán a la delegación venezolana en los Juegos Panamericanos Toronto 2015 a realizarse entre el 10 y el 26 de julio.

Es la número 2 de Venezuela y 890 a nivel mundial, ¿Cómo ha sido su trayectoria para llegar hasta donde está en este momento?
—Empecé a entrenar en el 2014 que decidí lanzarme a profesional. El año pasado hice una pretemporada y empecé a jugar torneos a partir de junio. Jugué en México tuve la oportunidad de poder ganarle a la número 1 de ese país que es ahora 300 del mundo y también le gané a la 600 que es de México. Los resultados de esos torneos me ayudaron a tener ranking y estar en la posición donde estoy hoy en día.

Ha tenido unos meses agitados e intensos, ¿Cómo hace para llevar su vida entre tanto cansancio y agotamiento?
—La yoga me ha ayudado bastante, antes yo vivía sobreentrenada, me lesionaba y todo el trabajo y el entrenamiento se perdía porque había que parar por una semana, dos, un mes, y para lograr retomar todo eso, especialmente la parte física, cuesta. La yoga me ha ayudado a escuchar a mi cuerpo, a relajarlo. 

A menos de dos meses de los Juegos Panamericanos Toronto 2015, ¿cómo ha sido su proceso de preparación ante esta competición?
—Hemos hecho un calendario en donde está analizado y detallado qué áreas tengo que mejorar y cuáles son mis debilidades para poder jugar y entrenar en unos torneos previos a los Panamericanos, para estar al máximo, en mi mejor estado físico, mi estado tenístico, para competir.

¿Ha tenido algún tipo de obstáculo durante el camino a Toronto 2015?
— Sí, hasta ahora todas las jugadoras con las que uno compite han jugado ya veinte torneos y uno no ha jugado ni uno. Me falta el competir, también no tanto entrenar, hace falta ese partido oficial en donde uno puede poner las emociones en la cancha, los nervios, en cómo controlar eso, porque la rutina es totalmente diferente.

Para nadie es un secreto lo complicado que es conseguir divisas en muchos ámbitos en este país, ¿la selección femenina de tenis ha obtenido los recursos necesarios para este tipo de competencias como Toronto 2015?
— Supuestamente sí, el Ministerio nos comentó que nos iba a apoyar totalmente a lo que sea, con tal de que nos preparemos al máximo para los Toronto 2015. A algunas de mis compañeras de equipo ya les dieron los dólares para competir, pero ellas metieron las carpetas en enero y les salió fue ahorita en finales de marzo. Yo metí mis carpetas en febrero y supuestamente me la van a dar la semana que viene.

Volviendo a los Juegos Panamericanos, me gustaría saber, ¿Cómo hace usted y las demás jugadoras de la selección para dejar de lado las diferencias que puedan existir compitiendo a nivel nacional para convertirse en un equipo?
—Es bastante difícil, especialmente en lo competitivo, somos muy individualistas y totalmente opuestas, pero he tratado siempre de aplicar la comunicación asertiva con ellas, trato de hablarles, contar chistes, compartir un poco en la hora de comer, preguntarles qué ropa usan, en qué áreas tenemos cosas en común, qué tipo de música les gusta. 

¿Qué nuevos retos representa esta competencia tan importante tanto para usted como para el equipo en general?
—En el lado femenino siempre hemos ganado medalla de oro, siempre se ha ganado una medalla, de plata también, y bronce en el lado masculino. Se tienen expectativas altas, pero a la misma vez tenemos jugadoras que han estado lesionadas, no han podido competir, puede ser que vayan, puede ser que no, dependiendo de cómo estén, pero va a afectar mucho el entrenamiento, las competencias y todo eso, tienen bastantes expectativas de nosotras pero el entrenamiento previo va a afectar en los resultados.

Finalmente, como jugadora profesional de tenis y modelo a seguir de futuras promesas del deporte, ¿qué le diría a las personas que quieren llegar tan lejos como usted?
—Yo diría que siempre vas a tener a alguien que te va a decir que no puedes o te va a dar exactamente donde más te duele, pero allí es cuando uno tiene que agarrar las áreas que uno es más fuerte y trabajar ellas, pues al final el entrenamiento es el que hace la diferencia.

martes, 26 de mayo de 2015

1989, ¿El álbum de la década?


ü  1989 se convirtió en su semana de lanzamiento en el álbum más vendido desde 2002

Con escasos 25 años de edad, Taylor Swift es uno de los más grandes íconos de la música, no solo por su increíble talento musical sino también por su gran versatilidad. Conocida por hacer música country, género que la caracterizó desde sus inicios y que la cantante ha plasmado en sus cuatro primeros álbumes. Para su quinto álbum de estudio titulado 1989, Swift da un giro radical en su estilo, y se muda del tradicional country al mundo del POP.

1989  cuenta con 13 canciones inéditas en su edición estándar y 16 en su edición de lujo –las 13 originales con 3 bonus–, producidas en su totalidad por Swift y Max Martin, y escritas por la misma Taylor en conjunto con numerosos artistas de la talla de Imogen Heap, Shellback, y Ryan Tedder, por nombrar algunos, líricas en las que podemos apreciar distintas temáticas, pero que en su mayoría tratan de amor.

       “Welcome to New York” es la apertura del álbum, un épico himno a la ciudad de Nueva York, en la cual la cantante se inspiró para componer cada una de las pistas de su LP con el fin de impregnarlas de los sonidos urbanos y modernos de la ciudad. El álbum continúa con canciones como “Blank Space” y “Style” las cuales son el 2do y 3er sencillo respectivamente y al mismo tiempo dos de las mejores canciones que forman parte de la recopilación.

       La cuarta canción es “Out Of The Woods” dedicada a su exnovio Harry Styles. A estas le sigue “Shake It Off”, el primer sencillo del álbum y sin lugar a dudas el mayor éxito del mismo, una canción que se posicionó minutos después de ser lanzada en el N°1 de iTunes y que al día siguiente de su estreno en las radios norteamericanas ya contaba con más de 9 millones de oyentes.

       Otra canción que vale la pena destacar es “Bad Blood” la cual es la favorita del cantante británico Ed Sheeran, íntimo amigo de Taylor; esta es una pista que escribió pensando en su rivalidad con la artista californiana Katy Perry. “Aún tengo cicatrices de tu cuchillo en mi espalda”, es una de las impactantes frases que aparecen en la canción y que hacen alusión directa a Perry.

       El álbum también incluye conmovedoras y románticas baladas como “Wildest Dreams” y “You Are In Love”, melodías electrizantes como las de “Wonderland”, letras pegadizas como en “How You Get The Girl” y canciones bailables y poderosas como “New Romantics”, pista con la que cierra el álbum en su edición deluxe y que representa el broche de oro que merece semejante recopilatorio de éxitos.


       Lo nuevo de Taylor Swift merece ser escuchado una y otra vez y promete continuar dando de qué hablar, cosechando éxito y rompiendo numerosos récords como ha venido haciendo desde su lanzamiento. Actualmente la señorita Swift se encuentra de gira con The 1989 World Tour y tiene por delante más de 77 conciertos en diferentes países en los que cautivará a millones de fanáticos.


                                                    Por Manuel A. Rodríguez

sábado, 22 de noviembre de 2014

Al Final del Túnel

            —¡Alej! ¡Alej! ¡No, por favor! —gritó Rem con todas sus fuerzas.

Al final del túnel, las luces del tren desaparecieron tras una curva pronunciada, y todo quedó a oscuras en la plataforma. La situación era muy confusa, lo único que recordaban era que estaban los tres esperando en el atiborrado andén como solían hacer todas las tardes, hasta que de pronto un corte eléctrico apagó la escena por un instante. Para cuando la luz volvió, no quedaba nadie más que ellos en la plataforma, y de un momento a otro apareció un descuidado tren, del que algo salió,  tomó a Alej y lo raptó. Nada parecía tener sentido. ¿Nunca has experimentado una sensación de confusión similar?

            —Vamos a tener que ir tras él —sentenció Manrrod firmemente ante la atónita mirada de su compañero—. Créeme que no entiendo nada de lo que sucede, pero será mejor que sigamos ese tren.

            Manrrod bajó de la plataforma a los rieles y Rem se unió a él. Iniciaron la marcha siguiendo la vía por donde el tren había desaparecido, tras caminar unos metros, el apestoso olor a muerto, la helada temperatura y la absoluta oscuridad impregnaban la escena. El ruido de los incontables roedores e intermitentes crujidos y golpes se volvían cada vez más desesperantes a medida que avanzaban torpemente entre los rieles mientras que Manrrod y Rem comenzaban a sentir que estaban siendo vigilados por oscuras presencias, probablemente de los suicidas que alguna vez se quitaron la vida en ese mismo lugar. ¿No te has puesto a pensar jamás en cuántas almas en pena vagan por los túneles del metro?

            Continuaron caminando durante horas, la desesperación y el miedo imperaban, la sed y el hambre los debilitaba, y la esperanza de encontrar a su amigo se desvanecía, pero de pronto, una sombra en el suelo les llamó la atención: era el cuerpo desollado de Alej, quien yacía tirado en el piso sobre un gran charco de su propia sangre. Rem cayó de rodillas a su lado, se tapó el rostro con ambas manos y comenzó a llorar desconsoladamente mientras que Manrrod se limitó a bajar la cabeza en señal de respeto.


De un momento a otro, y sin explicación, dos paredes sellaron ambos lados del túnel, dejando a Manrrod y Rem encerrados junto al occiso. Los tubos del techo se reventaron y el agua de cloaca empezó a inundar el estrecho espacio. Primero les subió por los tobillos, luego a las caderas, después al cuello, hasta que finalmente los superó. Desesperados, intentaron contener el aire todo lo que pudieron, pero era demasiado tarde.

                                                           Por Manuel A. Rodríguez P.

sábado, 26 de abril de 2014

El Casanova

«Cállate y escucha», le dije al mismo tiempo que le planté uno de mis profundos y famosos besos, no me llaman el casanova por nada. Elisa relajó los hombros, me devolvió el beso, y pasados unos diez segundos se despegó de mi rostro.

-A ver –tomó una bocanada de aire- Tal vez exageré un poco, pero aun así necesito una explicación, el estreno de mi obra era importantísimo como para que me hayas dejado plantada.

La invité a sentarnos en el banco que teníamos a escasos dos metros de distancia, la miré directamente a los ojos y le susurré «Sabes que te amo, ¿no? Eres lo más preciado que tengo en mi vida», justo en ese instante sus azulados ojos se encendieron en llamas de nuevo y se levantó de su asiento de un salto.

-¿¡Me vas a explicar o no!? Estoy cansada de tu labia, de tus mentiras, te necesitaba en la noche más importante de mi vida y... –se le quebró la voz- tu asiento permaneció vacío.

«Elisa, vamos, sabes que no fue mi intención.» Acerqué mis manos a las suyas, y ella las apartó de inmediato de un manotón. «No te pongas así, cariño». Me miró como si se encontrase ante el sujeto más odiado del planeta.

-Estabas con otra, ¿no es así? –su mirada me perforaba la piel- Eres un cretino, y yo una imbécil por haber creído que yo era diferente para ti, debí suponer que esas llamadas que recibías de la oficina no eran más que un disfraz.


Me quedé frío por un instante, pues al parecer Elisa no era tan tonta como las otras, «Pero mi amor… sabes que tú eres mi favorita», ¡Ups! Creo que metí la pata con eso último, porque justo cuando pensaba que no podía sentirme más acuchillado con la mirada la furia asesina que toda mujer lleva dentro me torturaba más y más.

-Juro que te vas a arrepentir de esto –sonó tan dramática que se le notaba que era actriz- Nadie le rompe el corazón a Elisa del Carmen.

Con eso último que dijo solté una carcajada casi por acto reflejo, mala elección, pues Elisa, con los ojos inundados en lágrimas por la rabia y la impotencia que seguramente cargaba me propinó la más brutal bofetada que jamás me había dado mientras a paso firme se alejaba de mí.

Me mantuve varios segundos tratando de asimilar lo que pasó y al mismo tiempo, mientras resistía el dolor, una mezcla de tristeza y alegría me recorría por las venas mientras que me encogía de hombros y para mis adentros susurraba «bueno, por lo menos al fin podré estar con Mariana».

Por Manuel A. Rodríguez

sábado, 1 de febrero de 2014

Mi auto-despido

Cuando el taxi se detuvo, sufrí un ataque de pánico. Estaba a punto de perder mi trabajo por mis constantes demoras, y el llegar tarde este día tan importante sería el boleto directo a mi despido, pues el presidente general de la compañía vendría a inspeccionar las oficinas. El taxista se bajó a toda prisa del vehículo mientras que del interior del capó escapaban grandes nubes grises, lo abrió y se alejó unos centímetros para verificar a cierta distancia la situación en la que nos encontrábamos. De repente, de un momento a otro el motor estalló; las llamas lo bañaban y se esparcían rápidamente por el resto de la maquinaria delantera mientras de manera casi simultánea me bajaba a toda prisa del vehículo.

 “Este es mi fin”, dije una y otra vez, al mismo tiempo que corría en círculos alrededor de una papelera pública. Conté unas 12 vueltas antes de que el taxista, por fin, intentase calmarme, y no lo logró, aunque al menos dejé de circunvalar el basurero y me arrojé al suelo en posición fetal balanceándome hacia delante y hacia atrás una y otra vez. Tardé más de cinco minutos en recuperar la compostura, en los cuales se me habían acumulado decenas de personas alrededor observando el show que estaba montando en la calle, como si yo fuese un animal de circo. La gente reía y se susurraba cosas entre sí, pero nadie se dignaba a ayudarme. Así es la sociedad venezolana del siglo XXI.

Concentrado nuevamente en el motivo de mi estrés, recordé que iba a perder mi trabajo definitivamente y eso no podía suceder, pues hice un pacto con mi desdichada madre de no perderlo, ya que debía dar mi aporte al hogar. Pero más allá del compromiso con mi progenitora, me daba mayor rabia el hecho de que mis amigos tuviesen razón, que yo no sirvo para trabajar, no sirvo para nada, y que no iba a durar ni un mes en mi primer, y quizá último trabajo.

Me puse de pie lentamente, mientras al otro lado de la acera los bomberos metropolitanos aplacaban el fuego de aquel taxi que había condenado mi destino laboral. Me sacudí el polvo urbano de mi saco, me acomodé la corbata, y por primera vez, desde el incidente, observé mi entorno con verdadera atención. Ante mí se alzaba la Torre Este del Parque Central. Me quedé paralizado un instante y me dispuse a ingresar al recinto. Entré en la oficina sigilosamente y me dirigí directo a mi escritorio. Ni siquiera me dio tiempo de sentarme para cuando mi jefe se hallaba ante mí anunciando con firmeza: “Estás despedido”.


La noticia del despido me golpeó en la cara como un vaso de agua helada y me hizo caer al suelo de rodillas con la cabeza entre mis manos. Aunque lo supe desde que el taxi se averió, nunca me imaginé que sería ocasionado por mi culpa. Estuve tan obsesionado por no llegar tarde al trabajo que me convertí en el autor de renuncia, de mi auto-despido.

Un viaje más inusual de lo común

         Me detuve unos breves segundos ante el acceso norte de la estación preparándome para ingresar al metro de Caracas, como de costumbre suelo hacer; el medio de transporte más veloz de la ciudad es también en el que más cosas absurdas ocurren constantemente y uno de los lugares que me ocasionan mayor cantidad de dolores de cabeza. 

        Bajé las escaleras de la estación Altamira esquivando a las personas que se encontraban atravesadas en el lado izquierdo de las mismas, el cual se supone que debe permanecer libre en todo momento para aquellos ciudadanos que, como yo, llevan prisa. Al llegar abajo, de manera casi instintiva me puse el morral hacia adelante para protegerme de los carteristas y asimismo saqué de su interior mi billetera y de ella la metrotarjeta, acto seguido, la pasé por el lector del primer torniquete con el que me topé y no funcionó, la pasé por el lector del torniquete adyacente y nada tampoco, ya desesperándome la pasé por el último torniquete con lector que restaba y pude obtener, finalmente, acceso a la zona del andén. Me dispuse a bajar las escaleras que me llevarían al andén como tal, nuevamente tragándome los insultos que los individuos atravesados me incitaban a propinarles. 

            Cuando llegué al nivel más profundo de la estación me dirigí al lado  donde llegan los trenes en dirección a Propatria, me ubiqué en las líneas marcadas en el suelo para hacer cola y con la mayor paciencia del mundo esperé a que llegara el rodante al mismo tiempo que miraba constantemente de lado a lado para verificar, sin sentido alguno, que ningún loco decidiese suicidarse y por consiguiente retrasar mi viaje. El metropolitano ingresó a toda prisa en la estación y frenó de golpe al estar ubicado en la posición reglamentaria. Abrió la puerta y algunas personas salieron del vagón desatando sus instintos animales, pero eso no me impidió, momentos después, ingresar al tren sin percances salvo la salvaje que me estaba empujando. 

        El metro de Caracas no es para nada famoso por su limpieza, y el líquido verde fosforescente y viscoso que se encontraba justo en el medio de las dos puertas por donde había accedido yo era viva prueba de que algo no anda bien con la mayoría de los sujetos que utilizan ese sistema. Caminé varios pasos por el pasillo y me agarré de uno de los tubos sin fijarme mucho en lo que estaba haciendo ya que las muchachas que estaban sentadas en frente mío me mantenían distraído con sus risas y murmullos que evidentemente se debían a mi presencia o más bien a lo que estaba haciendo yo sin darme cuenta en ese momento, miré con atención el lugar donde tenía puesta la mano y a escasos centímetros de allí, en la agarradera, colgaba un condón que me hizo inmediatamente moverme y agarrarme del tubo del lado opuesto a este. Pasamos la estación Chacao y segundos luego el tren ingresaba a la estación Chacaíto, en donde esperaba que alguien se montara y pusiera la mano sobre el preservativo que tenía acaparada mi atención desde hacía ya rato, cosa que ciertamente ocurrió y me hizo sentir aliviado de no haber sido el único desafortunado que se acercó a él sin darse cuenta. Al haber superado el incidente del condón y el casual encuentro con el líquido fluorescente de dudosa procedencia que estaba siendo limpiado en ese mismo momento en la estación Sabana Grande, mi atención se desvió a los asientos preferenciales que, como de costumbre, estaban ocupados por cualquier clase de persona menos por un discapacitado, anciano o embarazada, cosa que me enfermaba y a la vez me daba lástima por lo imperante que es la inconsciencia y la incultura en una cifra importante de venezolanos. 

       Después de un amargo minuto consumiéndome de rabia en el interior por lo poco maravilloso que había sido mi viaje en metro y lo corrompida que estaba la sociedad venezolana me aproximé a la puerta para bajarme en Plaza Venezuela, estación a la cual el tren acababa de llegar. Sin necesidad de caminar, la gente empujando me hizo salir sin problemas del tren, y en breves momentos logré recuperar mi espacio personal para ponerme en marcha a la línea 3 que me llevaría a mi destino: la UCV, lugar que constantemente me recordaba al tan auténtico Metro de Caracas, que nunca imaginé, me daría un viaje más inusual de lo común.

El mal augurio

          Allison Peterson salió de su casa a toda prisa dejando el vaso lleno de jugo de piña sobre la mesa, era parte de su cábala beber sin falta uno cada mañana pero ese día su apuro se lo impidió, sentía desde temprano la necesidad de ir a visitar a su mamá para decirle lo mucho que la quería, pues un mal augurio la estaba atormentando.

            La chica entró a casa de su progenitora apresuradamente, la encontró en la cocina vistiendo todavía la dormilona, se abalanzó sobre ella y le dio el más cálido abrazo que jamás le había entregado, “te amo y te extrañaré”, le susurró al oído, y seguidamente se marchó si decir nada más, dejando a Mary Peterson confundida en la soledad de su hogar.

            Allison corría desaforadamente por la calle, cruzaba los semáforos a toda prisa sin mirar a los lados, y se tropezaba con varios de los transeúntes que se encontraban en su trayecto. Caminó dos cuadras más hasta llegar a casa de Emily Skull, su mejor amiga e hija del brujo amigo de Mary, quien la esperaba en el pórtico bastante preocupada, pues Allison la había llamado esa misma madrugada anunciándole que tenía un muy mal augurio acerca de algo que no lograba distinguir. Las amigas se abrazaron brevemente y enseguida entraron en la esotérica residencia de los Skull, rumbo a la habitación de Emily.

            El cuarto de la menor de los Skull era poco espacioso pero bastante acogedor, el único lugar de la casa donde no hedía a incienso ni a polvos mágicos, Allison se dejó caer en la alfombra entre sollozos y Emily la ayudó a sentarse, le dio un vaso de agua y le pidió que le contara lo que había soñado. Tras escuchar la historia, una atónita Emily llamó a su padre, Heliodoro, y le contó con lujo de detalles la visión que se le había presentado a su amiga la noche anterior. Allison sabía que soñar con su propia muerte era básicamente eso, que iba a morir, y con su fallecimiento vendría la total decadencia de la ya viuda Mary Peterson y las inconsolables lágrimas de sus amigos cercanos. Heliodoro arrojó las runas al suelo y su ruido retumbó por la habitación, la cual se oscureció durante un instante, para luego volver a su coloración natural. Heliodoro anuncia con rostro inexpresivo que nada malo le sucederá y que debe relajarse pues así anuncian las Deidades rúnicas, a veces lo que sueñas no necesariamente significa lo que debería.

            Allison se sentía aliviada, pues estaba segura que ese sueño significaba su muerte, pero también tenía seguridad de que nadie en la ciudad conocía más que Heliodoro Skull sobre el significado de los sueños. Ya de mediodía, volvió sobre sus pasos hacia su casa, y a tan solo una cuadra de llegar, quedó paralizada por un momento para segundos después salir disparada por los aires estrellándose contra el cristal de la tienda de música, la cual había formado parte de su sueño. El asesino, que montaba un peculiar vehículo cubierto de cientos de notas pegadas se dio a la fuga, dejando a Allison tendida en el pavimento sobre una laguna de su propia sangre y cubierta de numerosos fragmentos de vidrio que en algunas partes de su cuerpo le atravesaban la epidermis.


Una desgarrada Mary acudía diariamente a los aposentos subterráneos de Skull para hablar con su hija a través de necromancia; la mujer estaba tan cegada por el dolor que jamás se percató de que al otro lado de la habitación yacía cubierto bajo una larga sábana el peculiar vehículo cubierto de notas, aquel que dejó desolado para la eternidad al vaso de jugo de piña.