sábado, 1 de febrero de 2014

El mal augurio

          Allison Peterson salió de su casa a toda prisa dejando el vaso lleno de jugo de piña sobre la mesa, era parte de su cábala beber sin falta uno cada mañana pero ese día su apuro se lo impidió, sentía desde temprano la necesidad de ir a visitar a su mamá para decirle lo mucho que la quería, pues un mal augurio la estaba atormentando.

            La chica entró a casa de su progenitora apresuradamente, la encontró en la cocina vistiendo todavía la dormilona, se abalanzó sobre ella y le dio el más cálido abrazo que jamás le había entregado, “te amo y te extrañaré”, le susurró al oído, y seguidamente se marchó si decir nada más, dejando a Mary Peterson confundida en la soledad de su hogar.

            Allison corría desaforadamente por la calle, cruzaba los semáforos a toda prisa sin mirar a los lados, y se tropezaba con varios de los transeúntes que se encontraban en su trayecto. Caminó dos cuadras más hasta llegar a casa de Emily Skull, su mejor amiga e hija del brujo amigo de Mary, quien la esperaba en el pórtico bastante preocupada, pues Allison la había llamado esa misma madrugada anunciándole que tenía un muy mal augurio acerca de algo que no lograba distinguir. Las amigas se abrazaron brevemente y enseguida entraron en la esotérica residencia de los Skull, rumbo a la habitación de Emily.

            El cuarto de la menor de los Skull era poco espacioso pero bastante acogedor, el único lugar de la casa donde no hedía a incienso ni a polvos mágicos, Allison se dejó caer en la alfombra entre sollozos y Emily la ayudó a sentarse, le dio un vaso de agua y le pidió que le contara lo que había soñado. Tras escuchar la historia, una atónita Emily llamó a su padre, Heliodoro, y le contó con lujo de detalles la visión que se le había presentado a su amiga la noche anterior. Allison sabía que soñar con su propia muerte era básicamente eso, que iba a morir, y con su fallecimiento vendría la total decadencia de la ya viuda Mary Peterson y las inconsolables lágrimas de sus amigos cercanos. Heliodoro arrojó las runas al suelo y su ruido retumbó por la habitación, la cual se oscureció durante un instante, para luego volver a su coloración natural. Heliodoro anuncia con rostro inexpresivo que nada malo le sucederá y que debe relajarse pues así anuncian las Deidades rúnicas, a veces lo que sueñas no necesariamente significa lo que debería.

            Allison se sentía aliviada, pues estaba segura que ese sueño significaba su muerte, pero también tenía seguridad de que nadie en la ciudad conocía más que Heliodoro Skull sobre el significado de los sueños. Ya de mediodía, volvió sobre sus pasos hacia su casa, y a tan solo una cuadra de llegar, quedó paralizada por un momento para segundos después salir disparada por los aires estrellándose contra el cristal de la tienda de música, la cual había formado parte de su sueño. El asesino, que montaba un peculiar vehículo cubierto de cientos de notas pegadas se dio a la fuga, dejando a Allison tendida en el pavimento sobre una laguna de su propia sangre y cubierta de numerosos fragmentos de vidrio que en algunas partes de su cuerpo le atravesaban la epidermis.


Una desgarrada Mary acudía diariamente a los aposentos subterráneos de Skull para hablar con su hija a través de necromancia; la mujer estaba tan cegada por el dolor que jamás se percató de que al otro lado de la habitación yacía cubierto bajo una larga sábana el peculiar vehículo cubierto de notas, aquel que dejó desolado para la eternidad al vaso de jugo de piña.

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