«Cállate y
escucha», le dije al mismo tiempo que le planté uno de mis profundos y famosos
besos, no me llaman el casanova por
nada. Elisa relajó los hombros, me devolvió el beso, y pasados unos diez
segundos se despegó de mi rostro.
-A ver –tomó
una bocanada de aire- Tal vez exageré un poco, pero aun así necesito una
explicación, el estreno de mi obra era importantísimo como para que me hayas
dejado plantada.
La invité a
sentarnos en el banco que teníamos a escasos dos metros de distancia, la miré
directamente a los ojos y le susurré «Sabes que te amo, ¿no? Eres lo más
preciado que tengo en mi vida», justo en ese instante sus azulados ojos se
encendieron en llamas de nuevo y se levantó de su asiento de un salto.
-¿¡Me vas a
explicar o no!? Estoy cansada de tu labia, de tus mentiras, te necesitaba en la
noche más importante de mi vida y... –se le quebró la voz- tu asiento
permaneció vacío.
«Elisa, vamos,
sabes que no fue mi intención.» Acerqué mis manos a las suyas, y ella las
apartó de inmediato de un manotón. «No te pongas así, cariño». Me miró como si
se encontrase ante el sujeto más odiado del planeta.
-Estabas con
otra, ¿no es así? –su mirada me perforaba la piel- Eres un cretino, y yo una
imbécil por haber creído que yo era diferente para ti, debí suponer que esas
llamadas que recibías de la oficina no eran más que un disfraz.
Me quedé frío
por un instante, pues al parecer Elisa no era tan tonta como las otras, «Pero
mi amor… sabes que tú eres mi favorita», ¡Ups! Creo que metí la pata con eso
último, porque justo cuando pensaba que no podía sentirme más acuchillado con
la mirada la furia asesina que toda mujer lleva dentro me torturaba más y más.
-Juro que te
vas a arrepentir de esto –sonó tan dramática que se le notaba que era actriz-
Nadie le rompe el corazón a Elisa del Carmen.
Con eso último
que dijo solté una carcajada casi por acto reflejo, mala elección, pues Elisa,
con los ojos inundados en lágrimas por la rabia y la impotencia que seguramente
cargaba me propinó la más brutal bofetada que jamás me había dado mientras a
paso firme se alejaba de mí.
Me mantuve
varios segundos tratando de asimilar lo que pasó y al mismo tiempo, mientras
resistía el dolor, una mezcla de tristeza y alegría me recorría por las venas
mientras que me encogía de hombros y para mis adentros susurraba «bueno, por lo
menos al fin podré estar con Mariana».
Por Manuel A. Rodríguez