Me detuve unos breves segundos ante el
acceso norte de la estación preparándome para ingresar al metro de Caracas,
como de costumbre suelo hacer; el medio de transporte más veloz de la ciudad es
también en el que más cosas absurdas ocurren constantemente y uno de los
lugares que me ocasionan mayor cantidad de dolores de cabeza.
Bajé las
escaleras de la estación Altamira esquivando a las personas que se encontraban
atravesadas en el lado izquierdo de las mismas, el cual se supone que debe
permanecer libre en todo momento para aquellos ciudadanos que, como yo, llevan
prisa. Al llegar abajo, de manera casi instintiva me puse el morral hacia
adelante para protegerme de los carteristas y asimismo saqué de su interior mi
billetera y de ella la metrotarjeta, acto seguido, la pasé por el lector del
primer torniquete con el que me topé y no funcionó, la pasé por el lector del
torniquete adyacente y nada tampoco, ya desesperándome la pasé por el último
torniquete con lector que restaba y pude obtener, finalmente, acceso a la zona
del andén. Me dispuse a bajar las escaleras que me llevarían al andén como tal,
nuevamente tragándome los insultos que los individuos atravesados me incitaban
a propinarles.
Cuando llegué al nivel más profundo de la estación me dirigí al
lado donde llegan los trenes en dirección
a Propatria, me ubiqué en las líneas marcadas en el suelo para hacer cola y con
la mayor paciencia del mundo esperé a que llegara el rodante al mismo tiempo
que miraba constantemente de lado a lado para verificar, sin sentido alguno,
que ningún loco decidiese suicidarse y por consiguiente retrasar mi viaje. El
metropolitano ingresó a toda prisa en la estación y frenó de golpe al estar
ubicado en la posición reglamentaria. Abrió la puerta y algunas personas
salieron del vagón desatando sus instintos animales, pero eso no me impidió,
momentos después, ingresar al tren sin percances salvo la salvaje que me estaba
empujando.
El metro de Caracas no es para nada famoso por su limpieza, y el
líquido verde fosforescente y viscoso que se encontraba justo en el medio de
las dos puertas por donde había accedido yo era viva prueba de que algo no anda
bien con la mayoría de los sujetos que utilizan ese sistema. Caminé varios
pasos por el pasillo y me agarré de uno de los tubos sin fijarme mucho en lo que
estaba haciendo ya que las muchachas que estaban sentadas en frente mío me
mantenían distraído con sus risas y murmullos que evidentemente se debían a mi
presencia o más bien a lo que estaba haciendo yo sin darme cuenta en ese
momento, miré con atención el lugar donde tenía puesta la mano y a escasos
centímetros de allí, en la agarradera, colgaba un condón que me hizo
inmediatamente moverme y agarrarme del tubo del lado opuesto a este. Pasamos la
estación Chacao y segundos luego el tren ingresaba a la estación Chacaíto, en
donde esperaba que alguien se montara y pusiera la mano sobre el preservativo
que tenía acaparada mi atención desde hacía ya rato, cosa que ciertamente
ocurrió y me hizo sentir aliviado de no haber sido el único desafortunado que
se acercó a él sin darse cuenta. Al haber superado el incidente del condón y el
casual encuentro con el líquido fluorescente de dudosa procedencia que estaba
siendo limpiado en ese mismo momento en la estación Sabana Grande, mi atención
se desvió a los asientos preferenciales que, como de costumbre, estaban
ocupados por cualquier clase de persona menos por un discapacitado, anciano o
embarazada, cosa que me enfermaba y a la vez me daba lástima por lo imperante
que es la inconsciencia y la incultura en una cifra importante de venezolanos.
Después de un amargo minuto consumiéndome de rabia en el interior por lo poco
maravilloso que había sido mi viaje en metro y lo corrompida que estaba la
sociedad venezolana me aproximé a la puerta para bajarme en Plaza Venezuela, estación
a la cual el tren acababa de llegar. Sin necesidad de caminar, la gente
empujando me hizo salir sin problemas del tren, y en breves momentos logré
recuperar mi espacio personal para ponerme en marcha a la línea 3 que me
llevaría a mi destino: la UCV, lugar que constantemente me recordaba al tan
auténtico Metro de Caracas, que nunca imaginé, me daría
un viaje más inusual de lo común.
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