miércoles, 15 de enero de 2014

De quien menos te lo esperas

          Durante mis últimos tres años de bachillerato pertenecí a la delegación de Modelo de Naciones Unidas, una actividad realizada en muchos centros educativos del mundo que potencia las cualidades verbales y de conocimiento de los estudiantes que participan en ellos. En el Colegio Santo Tomás de Aquino, mi Alma Mater, nos costó mucho crecer como grupo, pero con esfuerzo y dedicación logramos afianzar nuestro sueño: hacer nuestro propio Modelo de Naciones Unidas.

            Para lograr nuestro objetivo se requería mucho dinero para el material usado al debatir; vender rifas y recibir donaciones eran nuestras principales fuentes de ingreso, pero también llevamos a cabo un par de potazos, y de uno de ellos surge la más conmovedora experiencia de toda mi vida, la piedra angular del presente relato.

            Humillados de tantos carros que no nos bajaban el vidrio y un poco desanimados decidimos emprender marcha en dirección a la Av. Francisco de Miranda desde el Centro Comercial San Ignacio, lugar donde nos encontrábamos, al pasar por la calle algunas personas se detenían a preguntarnos por nuestra causa y otras a darnos algunas pocas monedas que cargaban en los bolsillos, “algo es algo” pensábamos, porque si bien no nos daban mucho sin duda al juntarlo tendríamos suficiente para estar al menos un paso más cerca de nuestra meta. Aunque nos detuvimos varios minutos en cada semáforo que se encontraba en nuestro camino, pocos eran los carros que se dignaban a bajar el cristal, algunos por el entendible miedo al crimen  en nuestro país y otros por sencillamente no querer hacerlo, pero en algo estábamos de acuerdo mi compañero y yo, la sociedad venezolana no era la misma de hacía 10 años, el ciudadano del 2013 no cree en las causas que valen la pena para forjar el futuro de la nación. Al llegar a la esquina del Centro Perú decidimos caminar en dirección hacia el McDonalds de Chacao sin saber que en ese camino tendríamos el encuentro de nuestras vidas con una persona inesperada. Nos detuvimos en un semáforo para cruzar la avenida, entretanto hacia nosotros se acercaba un hombre de aspecto sucio, un borracho tal vez, inmediatamente entramos en shock pero no pudimos alejarnos lo suficiente para cuando aquel individuo se hallaba ante nosotros, buscando en su bolsa de basura un ¿arma? ¡no! Era un billete de 10 bolívares y nos lo estaba dando. Yo miraba a mi compañero con asombrosa curiosidad y él hacía lo mismo, el hombre por fin emitió palabra “Yo sé que ustedes están aquí por una buena causa, por rescatar nuestro país, por eso les doy este billete.” Conmovidos con tal gesto rechazamos al papel moneda del Cacique Guaicaipuro pero el sujeto insistió y terminamos tomándolo a regañadientes, acto seguido, el hombre sacó de la bolsa otro billete de más alta denominación, lo introdujo en el pote y atónitos no supimos como agradecerle a ese sujeto, no por el dinero, sino por hacernos dar cuenta que en nuestro país aún quedan personas buenas y con esperanza en el futuro, alguien que a pesar de no tener nada lo dio todo, alguien que, como diríamos coloquialmente “nos aguó el guarapo”.

Hoy en día estoy seguro de que Dios se presentó ante nosotros a través de ese hombre, y aunque es casi inexplicable plasmar en este papel lo que representó para nuestros corazones ese simple gesto hoy sabemos que lo mejor puede venir de quien menos te lo esperas.

                                                                                                                  -Manuel R.

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