Durante
mis últimos tres años de bachillerato pertenecí a la delegación de Modelo de Naciones
Unidas, una actividad realizada en muchos centros educativos del mundo que
potencia las cualidades verbales y de conocimiento de los estudiantes que
participan en ellos. En el Colegio Santo Tomás de Aquino, mi Alma Mater, nos
costó mucho crecer como grupo, pero con esfuerzo y dedicación logramos afianzar
nuestro sueño: hacer nuestro propio Modelo de Naciones Unidas.
Para
lograr nuestro objetivo se requería mucho dinero para el material usado al
debatir; vender rifas y recibir donaciones eran nuestras principales fuentes de
ingreso, pero también llevamos a cabo un par de potazos, y de uno de ellos
surge la más conmovedora experiencia de toda mi vida, la piedra angular del
presente relato.
Humillados
de tantos carros que no nos bajaban el vidrio y un poco desanimados decidimos
emprender marcha en dirección a la Av. Francisco de Miranda desde el Centro
Comercial San Ignacio, lugar donde nos encontrábamos, al pasar por la calle
algunas personas se detenían a preguntarnos por nuestra causa y otras a darnos
algunas pocas monedas que cargaban en los bolsillos, “algo es algo” pensábamos,
porque si bien no nos daban mucho sin duda al juntarlo tendríamos suficiente
para estar al menos un paso más cerca de nuestra meta. Aunque nos detuvimos
varios minutos en cada semáforo que se encontraba en nuestro camino, pocos eran
los carros que se dignaban a bajar el cristal, algunos por el entendible miedo
al crimen en nuestro país y otros por
sencillamente no querer hacerlo, pero en algo estábamos de acuerdo mi compañero
y yo, la sociedad venezolana no era la misma de hacía 10 años, el ciudadano del
2013 no cree en las causas que valen la pena para forjar el futuro de la
nación. Al llegar a la esquina del Centro Perú decidimos caminar en dirección
hacia el McDonalds de Chacao sin saber que en ese camino tendríamos el
encuentro de nuestras vidas con una persona inesperada. Nos detuvimos en un
semáforo para cruzar la avenida, entretanto hacia nosotros se acercaba un
hombre de aspecto sucio, un borracho tal vez, inmediatamente entramos en shock
pero no pudimos alejarnos lo suficiente para cuando aquel individuo se hallaba
ante nosotros, buscando en su bolsa de basura un ¿arma? ¡no! Era un billete de
10 bolívares y nos lo estaba dando. Yo miraba a mi compañero con asombrosa
curiosidad y él hacía lo mismo, el hombre por fin emitió palabra “Yo sé que
ustedes están aquí por una buena causa, por rescatar nuestro país, por eso les
doy este billete.” Conmovidos con tal gesto rechazamos al papel moneda del
Cacique Guaicaipuro pero el sujeto insistió y terminamos tomándolo a
regañadientes, acto seguido, el hombre sacó de la bolsa otro billete de más
alta denominación, lo introdujo en el pote y atónitos no supimos como
agradecerle a ese sujeto, no por el dinero, sino por hacernos dar cuenta que en
nuestro país aún quedan personas buenas y con esperanza en el futuro, alguien
que a pesar de no tener nada lo dio todo, alguien que, como diríamos
coloquialmente “nos aguó el guarapo”.
Hoy en día
estoy seguro de que Dios se presentó ante nosotros a través de ese hombre, y
aunque es casi inexplicable plasmar en este papel lo que representó para
nuestros corazones ese simple gesto hoy sabemos que lo mejor puede venir de
quien menos te lo esperas.
-Manuel R.
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